El Consumismo

Julio 10, 2008 · Imprimir este artículo

¿Necesidades reales o ficticias?

Un día de descanso,  Joe y su esposa  miraban las noticias en la TV. De pronto, en el espacio comercial se ofrecía un instrumento para limpiar con facilidad los pisos a un costo muy bajo; la esposa, con todo cariño, pidió a Joe que le comprara uno; la oferta estaba atractiva: ofrecían dos por el precio de uno. Además, él quería ver feliz a su esposa. Tomó el teléfono e hizo la compra con tarjeta de crédito. Llegó el producto, lo probaron, mas nunca lo usaron, porque ya tenían dos de mejor calidad.
El mundo occidental y la industrialización son responsables del desarrollo y crecimiento del alto consumo, pues producen infinidad de productos que deben de venderse. Para lograrlo, crearon la mercadotecnia, la cual tiene como uno de sus objetivos el crear nuevas necesidades en el consumidor. La otra parte de la responsabilidad la lleva el consumidor que ha perdido el control, y se deja arrastrar por las corrientes del presente. “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Rom.12.2.

¿Qué es el consumismo?

Es el desmedido consumo de bienes o servicios de la sociedad actual mediante el cual se busca felicidad. Dicho fenómeno impacta peligrosamente en los recursos naturales, el equilibrio ecológico, sobre todo en el presupuesto familiar. Los cristianos sabemos que nuestra felicidad lo produce Cristo, no las cosas de esta vida. “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento…  Así que, teniendo sustento y abrigo estemos contentos con esto”.  1 Tim.6.6, 8.
Una de las causas del consumo excesivo es la publicidad, que en muchos casos convence al público que el gasto es necesario, cuando a lo mejor se trata de un lujo. Otras causas son: la moda, el estatus social, la cultura, etc., etc.

Tan dañino como una droga.

El consumismo es dañino para la economía familiar porque aumenta los gastos innecesariamente comprando cosas que es posible evitar; por ejemplo, gran parte de los productos que consumimos en la alimentación están envasados, luego tiramos los envases o envolturas (basura inorgánica que contamina el medioambiente y deteriora el ecosistema). En tal caso, los fabricantes se vuelven más ricos, pero el consumidor sin el control de sus recursos se empobrece, y hasta se enferma, porque el producto envasado está mezclado con químicos o preservantes, los cuales deterioran su salud. Deberíamos preferir lo natural.
Cuando no tenemos control sobre el dinero que Dios provee, se nos hace fácil gastar y adquirir cosas, esto es espiritualmente dañino en los cristianos, porque en la medida en que se va incrementando el bienestar material, se va reduciendo el interés en las cosas espirituales. He visto repetirse un cambio en la conducta del creyente: cuando no tenía trabajo era fiel en las reuniones de oración, cultos de adoración, programas de evangelización, etc.; cuando logró obtener trabajo, su ausencia fue parcial; fue promovido, o expandió su negocio y en vez de ser más fiel, comenzó una ausencia casi total; ahora que es rico, casi siempre anda de compras.
Un día increpé a un hermano sobre su ausencia en la iglesia, éste se excusó diciendo que tenía que atender su negocio; le contesté que si el negocio era un impedimento para su fidelidad a Dios, iba a pedir a la iglesia que orara para que Dios se lo quite. Me rogó que no lo hiciera, y retornó por un corto tiempo al servicio del Señor. “Porque donde está vuestro tesoro, allí está también vuestro corazón.” Lucas 12.34.
Trata de tener un presupuesto, determina tú las necesidades reales del hogar, cumple tus obligaciones con Dios y, de lo que te sobra, ahorra. Lo que está más allá de las necesidades le corresponde a Dios, cuando el te da, se llama bendición. “Deléitate,  asimismo, en Jehová y él te concederá las peticiones de tu corazón.”  Sal. 36.4.  Leer también Fil. 4.19.

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