Cuando la mano de Dios nos abandona

Marzo 11, 2009 · Imprimir este artículo

Cuando miro una indolente evangelización y una ausencia de  multiplicación de iglesias, en contraste con los 26 millones que van rumbo a la perdición, juzgo que Dios se ha apartado de nosotros. Y quisiera estar equivocado… , es más, ¡ruego estar equivocado! ; o,  de lo contrario, les suplico que empecemos a rogar con llanto el perdón de Dios por nuestras  negligencias en la obra misionera, hasta que veamos la bendita mano de Dios obrando por Perú.

¿Dios tiene manos?

“La mano de Dios” en el lenguaje figurativo se refiere a la presencia del Dios omnipotente actuando entre sus hijos o las demás criaturas para favorecer o para disciplinar. En el caso de la iglesia de Antioquía, la mano de Dios bendecía el trabajo de la predicación del evangelio.  Estos hermanos tenían investidura de lo alto por su obediencia a la comisión.

“Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la  persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin hablar con alguien de la palabra, sino sólo con los judíos.
Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales cuando entraron en Antioquía, y hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús.
Y la mano del Señor estaba con ellos, y un gran numero creyó y se convirtió al Señor.” (Hechos 11.19-21)

Así empezó la excelente iglesia de Antioquía (iglesia modelo y madre de las iglesias gentiles); admirablemente, los que la iniciaron no fueron apóstoles ni judíos; fueron gentiles predicando a gentiles, y me atrevo a decir que eran sencillos hermanos en la fe, nativos de Chipre y de Cirene (ni pastores ni evangelistas renombrados ni líderes reconocidos ni grandes teólogos).

¿Por qué “la mano del Señor” estaba con ellos?

Ellos estaban haciendo bien la tarea, estaban evangelizando: “…gran número se convirtió al Señor.” (Hechos 11.21). Cuando su trabajo fue reforzado por Bernabé “una gran multitud fue agregada al Señor” (Hechos 11.24), y luego de que llegó Saulo enseñaron a “mucha gente” (Hechos 11.26). La mano del Señor estaba con ellos, porque:

  1. Su amor por Cristo, traducido en el hecho de  anunciar el evangelio del Señor Jesús era más importante que el dolor del destierro.
  2. La comisión recibida estaba por encima de su problemática familiar (Mat. 10.37).
  3. Fueron capaces de romper los prejuicios raciales: hablaron a los griegos.  (Galatas 2.11-12).
  4. Remontaron  las barreras idiomáticas, religiosas, nacionalistas, etc.
  5. Depusieron sus valores culturales y preferencias personales.
  6. No priorizaron la alta teología escolarizada sobre la necesidad del perdido.
  7. Tuvieron sentido de urgencia: “…Que instes a tiempo y fuera de tiempo…”  (1 Timoteo  4.2).
  8. Fueron capaces de ir más allá  de los esquemas rígidos e inconsecuentes de fe y práctica de sus contemporáneos. (Los demás no hablaron a alguien, sino sólo a judíos.)

¿La promesa de la gran comisión es condicional?

¡Si!, ¡así es! Quiero decir que la promesa que hizo el Señor Jesucristo: “…Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” en Mateo 28.20 está totalmente condicionada a la gran comisión. Por tanto, los creyentes infieles no disfrutarán de la presencia cotidiana del Señor Jesucristo. Para los creyentes obedientes, y fieles, “La mano del Señor” los acompañara y producirá una reacción en cadena que saturará el mundo con el evangelio, como lo hizo en la era apostólica del primer siglo.

¿Qué significa fallar en este punto?

Significa pecar, porque:

  1. Hemos desobedecido la soberana voluntad de Dios, y con ello hemos desafiado su justicia. “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos. 16.15).
  2. El silencio nuestro es una traición al plan redentor. El plan de salvación está en proceso, y nuestra negligencia lo obstaculiza: “Me seréis testigos…” (Hechos 1.8).
  3. Desestimar el sacrificio de Cristo con nuestra cómoda, vana, inmadura manera de vivir la carrera cristiana (Hebreos 6.1-6).
  4. Haberse vuelto indolente a la necesidad de los perdidos. “Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová…” (Jeremías 48.10).

¿Cómo esperamos que con esta clase de conducta “la mano de Dios” esté presente? Necesitamos volver en arrepentimiento, creo que aún no es tarde para que el Señor nos perdone y nos deje ver una gran cosecha de almas, así como una vigorosa multiplicación de iglesias.

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