Juan G. Paton
Enero 14, 2010
Este admirable hombre de Dios Nació en 1824 en Escocia y era el mayor de una familia de 11 hijos. Tuvo la influencia de su padre a quien veía diariamente vivir en estrecha armonía con Dios. La pobreza, la oración y la lectura bíblica eran ejercicios que formaron su carácter. Trabajó como evangelista con mucho éxito en su propia tierra, más, su corazón lo dirigió hacia las islas Nuevas Hébridas, actualmente republica de Vanuatu al este de Australia y Nueva Zelanda.
Había creyentes en Aneitioum a donde llegó en 1858 juntamente con su esposa Mary Ann Robson, se establecieron en la isla no evangelizada de Tanna, habitada por feroces salvajes caníbales quienes desde el primer día de su llegada atentaron contra su vida la cual, fue salvada por la providencial mano de Dios. [ Leer artículo completo ]
David Livingstone - Misionero a Africa
Junio 11, 2008
Africa ha sido y es un paraíso para las misiones de evangelización religiosa. Misioneros cristianos de todo tipo han sucumbido a la llamada de un continente que plantea retos casi imposibles y esconde secretos como el de nuestro propio origen.
El misionero más famoso fue quizás más reconocido como explorador. Livingstone es un nombre que se encuentra una y otra vez dando nombre a ciudades, pueblos y calles en la rutas que siguió este hombre tozudo de fe inquebrantable.
David Livingstone (1813-1873), médico y misionero escocés, considerado como uno de los más importantes exploradores de África. Nació el 19 de marzo de 1813, en Blantyre, Escocia. En 1823 empezó a trabajar en una fábrica textil. Más tarde, mientras estudiaba medicina en Glasgow, asistió también a clases de teología. En 1838, ofreció sus servicios a la Sociedad Misionera de Londres, y cuando terminó sus estudios de medicina en 1840, se ordenó y partió para su primer servicio como misionero médico a África del Sur. En 1841 llegó a Kuruman, una colonia en Bechuanalandia (en la actual Botsuana) que había sido fundada por el misionero escocés Robert Moffat.
Lottie Moon - Misionera a China
Abril 27, 2008
A los 32 años, Lottie Moon dejó su familia, su empleo, su país y aún su novio en obediencia al llamado misionero. Treinta y nueve años más tarde, luego de entregar todo su amor y sus fuerzas, fallecería en un lejano puerto de la China. Murió porque en el medio de una hambruna, dejó de comer para alimentar a los chinos que tanto amaba.
Desde ese trágico momento, Charlotte “Lottie” Diggs Moon, se volvió casi una leyenda para el movimiento misionero mundial.
Nació un 12 de Diciembre de 1840, en una adinerada familia de Virginia.
Con su buena posición y educación, no era típico que lo dejara todo. Pero, Lottie no servía un Dios típico.
Y, El la atrapó con una pasión - que los Chinos conocieran a su Salvador. Su servicio misionero fue ejemplar.
Sirvió en Tengchow y P’ingtu y como los misioneros de hoy en día era una misionera esforzada y amorosa que luchaba abnegadamente por su pueblo.
Hudson Taylor - Misionero a China
Abril 26, 2008
James Hudson Taylor nació el 21 de mayo de 1832 en un hogar cristiano. Su padre era farmacéutico en Barnsley, Yorkshire (Inglaterra), y un predicador que en su juventud tuvo una fuerte carga por China. Cuando Hudson tenía sólo cuatro años de edad, asombró a todos con esta frase: «Cuando yo sea un hombre, quiero ser misionero en China». La fe del padre y las oraciones de la madre significaron mucho. Antes de que él naciera, ellos habían orado consagrándolo a Dios precisamente para ese fin.
Sin embargo, pronto el joven Taylor se volvió un muchacho escéptico y mundano. Él decidió disfrutar su vida. A los 15 años entró en un banco local y trabajó como empleado menor donde, puesto que era un adolescente bien dotado y alegre, llegó a ser muy popular. Los amigos mundanos le ayudaron a ser burlón y grosero. En 1848 dejó el banco para trabajar en la tienda de su padre.
Conversión y llamamiento
Su conversión es una historia asombrosa. Una tarde de junio de 1849, cuando tenía 17 años, entró en la biblioteca de su padre. Echaba de menos a su madre que estaba lejos, y quería leer algo para pasar el rato. Tomó un folleto de evangelismo que le pareció interesante, con el siguiente pensamiento: «Debe haber una historia al principio y un sermón o moraleja al final. Me quedaré con lo primero y dejaré lo otro para aquellos a quienes le interese». Pero al llegar a la expresión «la obra consumada de Cristo» recordó las palabras del Señor «consumado es», y se planteó la pregunta: «¿Qué es lo que está consumado?». La respuesta tocó su corazón, y recibió a Cristo como su Salvador.
A esa misma hora, su madre, a unos 120 kilómetros de allí, experimentaba un intenso anhelo por la conversión de su hijo. Ella se encerró en una pieza y resolvió no salir de allí hasta que sus oraciones fuesen contestadas. Horas más tarde salió con una gran convicción. Diez días más tarde regresó a casa. En la puerta le esperaba su hijo para contarle las buenas noticias. Pero ella le dijo: «Lo sé, mi muchacho. Me he estado regocijando durante diez días por las buenas nuevas que tienes que decirme.» Más tarde Hudson se enteró de que también su hermana, hacía un mes, había iniciado una batalla de oración a favor de él. «Criado en tal ambiente, y convertido en tales circunstancias, no es de extrañar que desde el comienzo de mi vida cristiana se me hacía fácil creer que las promesas de la Biblia son muy reales».
Sin embargo, a poco andar, Hudson empezó a sentirse descontento con su estado espiritual. Su «primer amor» y su celo por las almas se había enfriado. En una tarde de ocio de diciembre de 1849 se retiró para estar solo. Ese día derramó su corazón delante del Señor y le entregó su vida entera. «Una impresión muy honda de que yo ya había dejado de ser dueño de mí mismo se apoderó de mí, y desde esa fecha para acá no se ha borrado jamás». Poco tiempo después, sintió que Dios le llamaba para servir en China.
Desde entonces su vida tomó un nuevo rumbo, pues comenzó a prepararse diligentemente para lo que sería su gran misión. Adaptó su vida lo más posible a lo que pensaba que podría ser la vida en China. Hizo más ejercicios al aire libre; cambió su cama mullida por un colchón duro, y se privó de los delicados manjares de la mesa. Distribuyó con diligencia tratados en los barrios pobres, y celebró reuniones en los hogares.
Comenzó a levantarse a las cinco de la mañana para estudiar el idioma chino. Como no tenía recursos para comprar una gramática y un diccionario –muy caros en ese tiempo– estudió el idioma con la ayuda de un ejemplar del Evangelio de Lucas en mandarín. También empezó el estudio del griego, hebreo, y latín.
Robert Moffat - Misionero a Africa
Abril 26, 2008
Roberto Moffat fue uno de los primeros misioneros al África. Nació de padres muy pobres en Ormiston, Escocia, en 1795. En el hogar se le enseñó las materias regulares de la escuela, y también a tocar el violín.
Cuando Moffat dejaba el hogar paterno, su padre le dijo las siguientes palabras de despedidas, las cuales jamás se le olvidaron: “Trabaja duro, Roberto, y sigue estudiando”. Tal consejo llegó a ser una especie de desafío para Roberto, y procuró cumplirlo en todo lo que hacía. Su madre también le dijo unas palabras de despedida inolvidables: “Lee un capítulo de la Biblia todos los días por la mañana, y otro por la tarde”. Todo eso le sería de mucho provecho, posteriormente, en el campo misionero.
A poco de haberse convertido, se interesó en las misiones, y solicitó admisión en la Sociedad Misionera de Londres. No pudo ser admitido, debido a su limitada educación formal. Sin embargo, después de recibir algo de instrucción especial, fue aceptado, y fue enviado a la Ciudad del Cabo, África del Sur.







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