Lottie Moon - Misionera a China
Abril 27, 2008
A los 32 años, Lottie Moon dejó su familia, su empleo, su país y aún su novio en obediencia al llamado misionero. Treinta y nueve años más tarde, luego de entregar todo su amor y sus fuerzas, fallecería en un lejano puerto de la China. Murió porque en el medio de una hambruna, dejó de comer para alimentar a los chinos que tanto amaba.
Desde ese trágico momento, Charlotte “Lottie” Diggs Moon, se volvió casi una leyenda para el movimiento misionero mundial.
Nació un 12 de Diciembre de 1840, en una adinerada familia de Virginia.
Con su buena posición y educación, no era típico que lo dejara todo. Pero, Lottie no servía un Dios típico.
Y, El la atrapó con una pasión - que los Chinos conocieran a su Salvador. Su servicio misionero fue ejemplar.
Sirvió en Tengchow y P’ingtu y como los misioneros de hoy en día era una misionera esforzada y amorosa que luchaba abnegadamente por su pueblo.
Hudson Taylor - Misionero a China
Abril 26, 2008
James Hudson Taylor nació el 21 de mayo de 1832 en un hogar cristiano. Su padre era farmacéutico en Barnsley, Yorkshire (Inglaterra), y un predicador que en su juventud tuvo una fuerte carga por China. Cuando Hudson tenía sólo cuatro años de edad, asombró a todos con esta frase: «Cuando yo sea un hombre, quiero ser misionero en China». La fe del padre y las oraciones de la madre significaron mucho. Antes de que él naciera, ellos habían orado consagrándolo a Dios precisamente para ese fin.
Sin embargo, pronto el joven Taylor se volvió un muchacho escéptico y mundano. Él decidió disfrutar su vida. A los 15 años entró en un banco local y trabajó como empleado menor donde, puesto que era un adolescente bien dotado y alegre, llegó a ser muy popular. Los amigos mundanos le ayudaron a ser burlón y grosero. En 1848 dejó el banco para trabajar en la tienda de su padre.
Conversión y llamamiento
Su conversión es una historia asombrosa. Una tarde de junio de 1849, cuando tenía 17 años, entró en la biblioteca de su padre. Echaba de menos a su madre que estaba lejos, y quería leer algo para pasar el rato. Tomó un folleto de evangelismo que le pareció interesante, con el siguiente pensamiento: «Debe haber una historia al principio y un sermón o moraleja al final. Me quedaré con lo primero y dejaré lo otro para aquellos a quienes le interese». Pero al llegar a la expresión «la obra consumada de Cristo» recordó las palabras del Señor «consumado es», y se planteó la pregunta: «¿Qué es lo que está consumado?». La respuesta tocó su corazón, y recibió a Cristo como su Salvador.
A esa misma hora, su madre, a unos 120 kilómetros de allí, experimentaba un intenso anhelo por la conversión de su hijo. Ella se encerró en una pieza y resolvió no salir de allí hasta que sus oraciones fuesen contestadas. Horas más tarde salió con una gran convicción. Diez días más tarde regresó a casa. En la puerta le esperaba su hijo para contarle las buenas noticias. Pero ella le dijo: «Lo sé, mi muchacho. Me he estado regocijando durante diez días por las buenas nuevas que tienes que decirme.» Más tarde Hudson se enteró de que también su hermana, hacía un mes, había iniciado una batalla de oración a favor de él. «Criado en tal ambiente, y convertido en tales circunstancias, no es de extrañar que desde el comienzo de mi vida cristiana se me hacía fácil creer que las promesas de la Biblia son muy reales».
Sin embargo, a poco andar, Hudson empezó a sentirse descontento con su estado espiritual. Su «primer amor» y su celo por las almas se había enfriado. En una tarde de ocio de diciembre de 1849 se retiró para estar solo. Ese día derramó su corazón delante del Señor y le entregó su vida entera. «Una impresión muy honda de que yo ya había dejado de ser dueño de mí mismo se apoderó de mí, y desde esa fecha para acá no se ha borrado jamás». Poco tiempo después, sintió que Dios le llamaba para servir en China.
Desde entonces su vida tomó un nuevo rumbo, pues comenzó a prepararse diligentemente para lo que sería su gran misión. Adaptó su vida lo más posible a lo que pensaba que podría ser la vida en China. Hizo más ejercicios al aire libre; cambió su cama mullida por un colchón duro, y se privó de los delicados manjares de la mesa. Distribuyó con diligencia tratados en los barrios pobres, y celebró reuniones en los hogares.
Comenzó a levantarse a las cinco de la mañana para estudiar el idioma chino. Como no tenía recursos para comprar una gramática y un diccionario –muy caros en ese tiempo– estudió el idioma con la ayuda de un ejemplar del Evangelio de Lucas en mandarín. También empezó el estudio del griego, hebreo, y latín.
Robert Moffat - Misionero a Africa
Abril 26, 2008
Roberto Moffat fue uno de los primeros misioneros al África. Nació de padres muy pobres en Ormiston, Escocia, en 1795. En el hogar se le enseñó las materias regulares de la escuela, y también a tocar el violín.
Cuando Moffat dejaba el hogar paterno, su padre le dijo las siguientes palabras de despedidas, las cuales jamás se le olvidaron: “Trabaja duro, Roberto, y sigue estudiando”. Tal consejo llegó a ser una especie de desafío para Roberto, y procuró cumplirlo en todo lo que hacía. Su madre también le dijo unas palabras de despedida inolvidables: “Lee un capítulo de la Biblia todos los días por la mañana, y otro por la tarde”. Todo eso le sería de mucho provecho, posteriormente, en el campo misionero.
A poco de haberse convertido, se interesó en las misiones, y solicitó admisión en la Sociedad Misionera de Londres. No pudo ser admitido, debido a su limitada educación formal. Sin embargo, después de recibir algo de instrucción especial, fue aceptado, y fue enviado a la Ciudad del Cabo, África del Sur.
James “Jim” Elliot - Misionero a Ecuador
Abril 26, 2008
Jim Elliot formaba parte de un equipo interdenominacional de cinco personas que se había propuesto emprender la arriesgada misión de alcanzar el Evangelio a tribu auca en Ecuador.
Hace ya 45 años que estos jóvenes norteamericanos, un grupo de cinco, murieron fuera de su patria por la causa de Cristo, dejando tras sí cinco viudas, también jóvenes, y varios niños de corta edad.
Todavía hoy conmueve leer el relato de este heroico episodio y contemplar las fotografías del inesperado y luctuoso desenlace. No obstante, y a pesar del dolor que indudablemente ocasionan dramas como estos, no cabe duda de que su sacrificio rindió frutos que sus propias familias han tenido la satisfacción de conocer, a semejanza de lo que aconteció con el heroico grupo de ingleses que murió de inanición en el otro extremo del continente poco más de cien años antes.
Uno de los integrantes del equipo era James Elliot (1927-1956).
Este mártir del Evangelio nació en Portland, Oregon, en 1927. Convertido a los seis años de edad, dedicó su vida a conocer a Dios y a buscar y cumplir su voluntad. Cuando tenía sólo veinte años se había expresado así en una oración íntima: «Señor, prospera mi camino, no para que adquiera una posición social elevada, sino para que mi vida sea una demostración del valor de conocer a Dios». Sostenía que para conocer a Dios primero hay que obedecerle.
Después de los estudios primarios Elliot pasó a un politécnico, en el que escogió el dibujo arquitectónico entre otras asignaturas técnicas. Vinculado a iglesias de los «hermanos libres» procuró mantenerse apartado de toda actividad frívola (no así de los deportes, incluida la lucha, en la que se destacó hasta el punto de que se lo describiera como el «hombre de goma»), así como de cualquier actividad bélica o política.
Guillermo Knibb- Misionero a Jamaica
Abril 26, 2008
La Sociedad Misionera Bautista empezó su trabajo en la isla de Jamaica en 1813, enviando a un misionero llamado Juan Rowe, que desgraciadamente murió a los pocos años. Otros tres misioneros también murieron en ese tiempo debido al clima y, sin embargo, la obra iba hacia adelante. Diez años después de la muerte de Rowe había ocho iglesias con cinco mil miembros.
El héroe del trabajo en Jamaica se llamaba Guillermo Knibb.
Tomás, un hermano suyo, fue uno de los misioneros que murieron en el campo de labor. Tomás había sobrevivido solamente cuatro meses y Guillermo resolvió ir a ocupar su lugar. Su madre le dijo al despedirlo: “Preferiría saber que te has ahogado, antes de enterarme que has abandonado la causa que vas a servir”.
En 1824 salió para Jamaica. No tenía más que 21 años.
Ya en el viaje pudo darse cuenta de los horrores de la esclavitud, porque su barco era uno de los llamados “negreros”, encargado de llevar esclavos a América. Desde aquel momento decidió luchar contra ese terrible mal, “el monstruo”, como él decía.







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